Tus ojos te dicen que es alguien impresionante. Tu cabeza está convencida de que no va a haber nadie en este mundo que le pueda sustituir.
Te desprecia, y buscas disculpas. Te hiere y te engañas diciendo que no tiene importancia, que cambiará, o que lo hace porque te quiere. Mientras tú, dejas pasar el tiempo.
Sufres en silencio. No, no es en silencio. Porque lo pagas con otras gentes que te rodean. Empiezas a parecer arisco. Contestas burradas e incoherencias a quien se cruza en tu camino.
Te autoconvences de que eres malo, de que tienes tú la culpa, de que haces mal las cosas… porque sino esa persona tan “maravillosa” no podría ser así contigo. Te debería querer. Y lo peor es que te acabas convenciendo de que te trata bien.
Y mientras tanto, mientras esperas que los desprecios se conviertan en arrumacos, las palabras hirientes en poesía, los momentos de sexo en un tono de vida,… tú cambias.
Tu idea de que eres malo se convierte en una realidad. Las personas que hasta ahora te han acompañado, tus amigos, empiezan a correr cuando te ven. La soledad te empieza a invadir. La de estar solo, solo, y la de estar solo rodeado de una multitud.
Y cuando pasa esto, cuando tus ojos deciden ya, por cansancio, o por las lágrimas que no paran de asomar en ellos, que lo que veías no era así, cuando tu corazón se cansa de latir por ese chica, cuando en tu cabeza la niebla se levanta y puedes ver que por mucho que quieras no le vas a cambiar, porque esa gente no cambia, te das cuenta, mirando atrás, de esa chica que pasó por tu lado y no le viste. Y de esa otra.
Y de esos amigos que, antes eran íntimos y que ya apenas os saludáis por la calle, y que les evitas, porque te da vergüenza hablar con ellos. Y empiezas a ser consciente de los besos malgastados, del tiempo tirado, del amor desperdiciado.
Empiezas a ver la gente que te podría haber amado, de la que te podrías haber gustado. Y piensas lo idiota que fuiste.
Ese día llegará, estate seguro. En tu mano está que sea antes o después. Para que así empieces a ver a la gente que pasa por tu lado. Para que empieces a disfrutar.
El amor es una carretera de doble dirección. Cuando sólo circula en un sentido, es un callejón sin salida, al final del cual, solo hay un muro contra el que acabaremos estrellándonos.